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Sinodalidad Sindonelidad

Para que la «sinodalidad» sea auténticamente grata a los Ojos de la Santísima Trinidad, ha de ser siempre ESCUCHA EXCLUSIVA DE LA MISMA SANTÍSIMA TRINIDAD, incluido también el escuchar a Dios Trinidad Santísima a través de los hermanos, si así se quiere; pero sólo a condición de que los hermanos y hermanas seglares, fieles de Cristo, no se atrevan jamás, ni a sugerir siquiera, nada que vaya a ir en contra de la Voluntad de Dios.

Por lo tanto, no haría falta que ellos estuvieran necesariamente presentes.

Ellos son los fieles que obedecen a la Iglesia «Docente».

Ellos son «discentes», los que han de aprender de los fieles Pastores de Cristo.

Por tanto, la verdadera «sinodalidad» debe coincidir con la Escucha de la Santa Síndone de CRISTO: la ESCUCHA DE CRISTO, el Cual nos habla por Su Impresión Personal Divina Auténtica del momento de Su Propia Resurrección en Su Misma Sábana Santa o Santa Síndone.

Escuchemos, pues, lo que Cristo Nuestro Señor nos dice.

Este es el Mandato del Eterno Padre, no que nos escuchemos cada uno a sí mismo y a los demás, sino que, habiendo oído la cantidad de errores y extorsionadas verdades que, por el pecado, la humanidad tiene, no se quede en esos errores prendada el alma, sino aprendida y prendada de lo que Dios nos habla: «Este es Mi Hijo, el Amado, en Quien Yo tengo puestas todas Mis Complacencias: EscuchadLe».

Es lo que nos pide y nos manda el Eterno Padre, que escuchemos a Su Propia Palabra, a Su Propio Verbo, a Su Propio y Eterno Hijo, que es Igual a Su Mismo Eterno Padre y al Eterno Amor Mutuo e Infinito Que el Eterno Padre y Su Eterno Hijo Se Tienen: Amor Eterno Que Es El Espíritu Santo.

Nuestro Señor Jesucristo Es El Único y Eterno Hijo del Eterno Padre.

Nuestro Señor Jesucristo es el Eterno Verbo, la Eterna Palabra, el Eterno Resplandor del Eterno Padre.

Por eso podemos concluir de una manera sencilla, sentencial y lapidaria que la «sinodalidad» ha de ser cambiada por la «sindonelidad» refiriéndonos a la «Santa Síndone», es decir, a lo que nos habla Dios a través de Su Propia Resurrección, marcada, lo mismo que Su Pasión y Muerte, en la misma Santa Síndone o Sábana Santa.