Trigésimas quintas Confidencias de Jesús a Sus Obispos de todos los tiempos

1. «Obispo Mío: ¿Tú no quieres hablar de Mí a tu prójimo, para que Me conozca y se salve?

2. Quiero que sigas queriendo hablar de Nuestros Divinos Misterios a cada ser humano, no te quedes sólo para ti el Conocimiento que te he dado de Nuestra Divina Revelación, el Mayor Bien, el Infinito Bien que has de dar a cada ser humano.

3. ¿Dirías tú esta frase?: «¿Yo, convertir en católico a alguien? No, no, no. Abrázalo. Es tu hermano». ¿Tú la dirías?

4. Si la dijeras, Yo te diría: No Me niegues. ¿No sabes que para esto te hice Mi Amigo, Mi Hermano, para comunicar a todo ser humano Mi Propia Vida Divina, la Misma de Mi Padre y de Nuestro Espíritu Santo?

5. De modo que, en ese caso, no le hablas de Mí, Que Soy El Único Dios, en la Infinita Unidad de Mi Padre y de Nuestro Espíritu Santo, y prefieres tu abrazo al Mío.

6. ¿No sabes que Me he hecho Hombre, siendo Solamente Persona Divina, sin dejar de Ser Dios, para que tú transmitas Mi Nombre, Mi Divino Amor a cada ser humano?

7. ¿Cómo, si este fuese tu caso, Me desprecias a Mí y aprecias más tu propio abrazo y vacía fraternidad, que Mi Propio y Divino Abrazo Que Es de Mi Padre y de Nuestro Espíritu Santo?

8. Pregúntate, en tal caso, si todavía tienes la Verdadera Fe en Mí.

9. Por mucho que Yo te ame y te diga «Obispo Mío», tú vas por tu cuenta, creyendo falsamente que tu fraternidad humana, sin Mí, es lo que la pobre humanidad necesita.

10. Pobre de ti, si así pensaras. Qué lejos estarías de Mí y cómo alejarías de Mí y de Mi Padre y de Nuestro Espíritu Santo a las almas, si ellas se dejaran gobernar por ti.»